Antes de irnos a la cama probamos otro enfrente del hotel, llamado “Kaffi Hljómalind” donde engordamos la panza con un chocolate caliente, un enorme y golosón pastel de chocolate y un té de mango y naranja. Y os equivocáis. El chocolate me lo tomé yo y el té Susana. Eso sí, el pastel corrió a cuenta de ambos.
Al día siguiente (miércoles 1 de abril) descubrimos que “Correos” en islandés es “Posturinn” (o algo así). Desde entonces si alguien hace alguna postura extraña nos preguntamos si será carter@ de profesión. Fuimos a la oficina de turismo, que otra vez nos pillaba totalmente a desmano (creo recordar que en la misma calle) y cogimos una guía que no usamos, porque teníamos un libro-guía de “Lonely Planet” del que extrajimos una pequeña ruta histórica por el centro de la capital.
Siguiendo esa ruta vimos unas casas de madera donde se vendían halcones para la aristocracia europea y otra que sirve de inicio de numeración para el resto de casas.
Luego estuvimos en una plaza donde hay un par de “tubitos” que humean gracias a la geotermia (preciosa palabra pero que huele a huevos cocidos). 
Y después el “Museo del Asentamiento” donde conocimos un poco la historia del país y que está construido sobre los restos de la primera cabaña habitada conocida del país. Muy recomendable. Tras el museo estuvimos en la plaza donde se supone que llegó Ingolfur Arnarson y cultivó sus campos de heno. Por lo que se ve le debió coger gusto al tema y se dedicó a sembrar el país entero, porque no hemos visto otra cosa en cuanto a vegetación. A lo de “puto páramo” podéis añadirle: “el paraíso del forraje”. Más cositas: la catedral de Islandia. Sí, sí, he dicho Islandia, aunque estoy casi seguro de que cualquier pueblo español tiene una iglesia más grande y coqueta. Aquí las iglesias las hacen con molde (salvo algunas contadas que son para nota) y son muy sobrias. Tras ver una maqueta en 3D del país junto al lago Tjörn, nos echamos un cafecito (creo que desde entonces no he bebido otras cosa en este viaje) y nos fuimos a visitar a una compi de Susana en la Universidad de Reykiavik.
Con ella (no me pidáis que recuerde su nombre) estuvimos tomando otro café (el segundo y sin azucar…arrrgghhh!) además del típico “Donut islandés” y otro pastelito. Estuvimos charlando más de hora y media sobre el país, su situación económica actual, historia, costumbres … vamos, hasta me llegó a preguntar si me dedicaba a las humanidades, yo que no siquiera me sé los reyes españoles (¿hubo otros aparte de los católicos y el actual?). Hablamos de cosas curiosas. Una de ellas es que la población de todo el país ronda los 300.000 habitantes, y cuando la gente coge vacaciones les suelen sustituir los estudiantes desde edad muy temprana (a partir de los 12 años). Eso explica bastante bien el grado de civismo que hemos encontrado por aquí. Un chaval no creo que se plantee ensuciar la ciudad porque probablemente sabe que le tocará limpiarla algún verano con casi total seguridad. Esta situación les ha traído algunos problemas con la Unión Europea (¿explotación infantil?) pero aquí es una costumbre bastante común y arraigada, por lo que no es nada extraño ni abominable. La crisis ha hecho tambalear estas costumbres y ahora los jóvenes suelen estar con becas en verano porque no hay trabajo para todos. El motor económico sigue siendo la pesca, pero la balanza económica no cuadra desde que la corona ha perdido su valor y las importaciones se vuelven carísimas. Todo salvo el pescado se importa por aquí y están teniendo serios problemas. Tras la charla comimos cerca del puerto en un bar italiano “Hornið” donde probamos platos islandeses (no era muy italiano la verdad): sopa de cebolla francesa, ensalada y trucha con polenta. Después fuimos al Hostel de Reykjavik para avisar de que queríamos un coche 4x4 por si las moscas, ya que al parecer el norte podría no estar demasiado practicable con un pequeño “Toyota Yaris”.
Pedimos algo más grande para recoger al día siguiente y acto seguido nos fuimos a una de las piscinas de la ciudad “Laugardalslaug “ (la más grande). La piscinita es “outdoor” con aguas geotermales (y su olorcito particular). Toda una experiencia. Echamos hasta un “patatero” (la Susi dice “pachanguita”) con una canasta en una de las piscinas (vaaaaale Susi, pongo bien claro que ganaste tú, pero no llevaba gafas, aunque tú tampoco….en fin, que sí que me ganaste, pesada!!). Y después a comeeeer de nuevo. La mejor sopa de la ciudad en “Svarta Kaffið “ servida dentro de un enorme bollo de pan y regada con otro “cervezón” (palabro que sustituye al concepto cervecita por aquí, no sólo por el tamaño de la bebida sino también por el precio, pueden cobrarte 6 euros por cada una sin despeinarse). De ahí, muy pero que muy relajaditos, quisimos ver ua peli islandesa que nos prestaron en la recepción del hotel (la habitación tenía hasta DVD) pero no nos entraron más de 25 minutos de “Los ángeles del universo” y el sobre nos absorbió. Sueeeeeeño. El jueves Susana tenía que dar sus clases.
Un arduo trabajo que le llevaría 3 horas con un descanso de una hora. Agotador como podéis imaginar. Antes de eso nos fuimos a ver el “Museo de las Sagas” en lo alto de un parque y en lo que antes eran los depósitos de agua de la ciudad. Lo que se conoce de la reciente historia de Islandia está recogido en unos escritos llamados “Sagas”. Hay cuatro principales y recogen las costumbres y hechos más relevantes de las distintas partes del país. De los nombres particulares ni me acuerdo (San Google and Wikipedia al rescate!!)
Tras salir al mirador del museo y casi morir de viento (literalmente) tomamos un café (creo que me he saltado alguno pero para que veáis el ritmo que llevábamos) y después Susana se fue a sus clases y yo a recoger el coche. De un Toyota Yaris nos pasaron a un Skoda Octavia, más largo que un día sin pan, pero 4x4. Sigo pensando que es muy grande y que le gustan los “planchones”, ya sabréis porqué, que sois unos impacientes. Con el coche recogí a la profe de sus clases y para bajarle el estrés (inexistente a todas luces) nos fuimos al “Blue Lagoon” en medio de una tarde “horrible”. Viento, lluvia a ratos aguanieve…en fin, que casi se nos quitaron las ganas, pero al final mereció la pena estar dentro de un lago azul pastel a 38 grados y cubierto de vapor con la que estaba cayendo alrededor. Por supuesto todo al aire libre, ¡¡con dos cojones!!. Si venís a Islandia el Blue Lagoon es imprescindible. Como dice la guía se le puede echar en cara el precio (unos 20 euros) pero es impresionante, de verdad (lástima que no pudimos echar fotos) Tras el relax y sin mucho alimento en el cuerpo decidimos ir a probar uno de los cafés que nos cerraban pronto siempre y que se nos resistía, el “Babalú”. Es un sistio muy acogedor y entrañable donde Susana decidió unilateralmente sustituir alimento por “cervezón” again. Y claro de ahí al “runtur” (empezad a buscar en la Wiki porque tendréis que averiguar lo que es) sólo hay un paso. Hicimos un ensayo general bastante aceptable en el bar “Hressingarskalinn” y acabamos rellenando el “pellizquito” de hambre en “Nunnabiti”. El pellizco fue reabsorbido de inmeadiato, os lo aseguro. Menuda “pechá” de bocata (y correspondiente cerveza por supuesto). A la cama creo que llegamos a las 2 de la mañana. Y al día siguiente había que coger coche para empezar a explorar el mundo fuera de Reykjavik. Pero eso queda para el siguiente capítulo. Aguantad el “pellizquito” ;)
Rundu? Me he quedado a cuadros. Lo que hacemos nosotros en la barra de los bares, más o menos?, o lo que estáis haciendo ahí con los cafés... Estos Icelandeses están muuuuuy tontos, no? juju.
ResponderEliminarTengo los dientes afilados afilados despues de leer lo del Blue Lagoon, y encima con una tarde de esas del fin del mundo. Cómo mola. Mandadme un dibuxo o algo asín.
Susi, definitivamente nunca podrás conseguir que defienda la utilidad del programa Erasmus para profesores, por decirlo de manera suave, aunque me encante que tú lo disfrutes ;) Muy recomendable.
Un beeeeeso, chicos, me voy a ver qué más cosas nos enseñais.